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Frente al rugido de Fuego: Seguridad, disciplina y asombro en la cumbre del Acatenango

septiembre 12, 2026

Son las cinco de la mañana en las calles empedradas de La Antigua Guatemala cuando encuentro a Carlos Molina revisando, por tercera vez, la presión de las válvulas de los tanques de oxígeno portátil. Como reportero de www.miantigua.com, , he cubierto docenas de historias locales, pero acompañar a un guía de turismo extremo con más de diez años de trayectoria en el volcán de Acatenango exige otra mirada: aquí la épica depende enteramente de la disciplina.

Carlos no deja nada al azar. En el punto de reunión, antes de que el grupo toque siquiera una correa de sus mochilas, dirige una inspección meticulosa. El equipo es el filtro entre una travesía inolvidable y una emergencia en la alta montaña. Revisa botas de trekking con suela de tracción profunda, capas térmicas e impermeables de tres fases para soportar temperaturas bajo cero en la cumbre, linternas frontales con baterías de repuesto y bastones ajustados a la altura exacta de cada viajero. Pesa personalmente cada carga: nadie sube con peso innecesario, pero todos llevan raciones calóricas de emergencia y un mínimo indispensable de cuatro litros de agua y electrolitos.

Frente a un mapa topográfico, Carlos establece el protocolo de seguridad con voz firme y serena ante expedicionarios llegados de Alemania, Japón, Canadá y Colombia. La regla cardinal es innegociable: el ritmo lo marca el eslabón más lento, la cordada camina unida con radios VHF sintonizados en la frecuencia de socorro local y los descansos de aclimatación están cronometrados cada 400 metros de desnivel para mitigar el mal de montaña. Si las condiciones meteorológicas cambian abruptamente en la meseta, el descenso es automático. No hay discusión.

El ascenso desafía las piernas en el tramo de arena volcánica suelta conocido como La Malacara, pero el orden del convoy es impecable. Al caer la tarde y alcanzar el campamento base a casi cuatro mil metros de altitud, el esfuerzo cobra sentido absoluto. El volcán de Fuego, justo enfrente sobre la garganta que separa ambos colosos, ruge con una furia constante y majestuosa.

La suerte acompaña la expedición con una noche despejada de actividad excepcional. Cada estruendo hace vibrar la roca bajo nuestros pies. Las cortinas de lava incandescente se elevan cientos de metros hacia la oscuridad, coronadas por nubes de ceniza iluminadas en tonos escarlata. A mi lado, el silencio inicial del grupo se transforma en lágrimas contenidas y suspiros entrecortados; la fuerza telúrica de la naturaleza desarma cualquier barrera de idioma o procedencia.

Mientras los viajeros contemplan el espectáculo conmovidos hasta la médula, observo a Carlos unos pasos atrás. Sus ojos no miran solo el fuego; vigilan la dirección del viento para descartar caída de piroclastos en nuestra cresta, comprueba que todos permanezcan dentro del perímetro seguro marcado en el refugio y sonríe con la satisfacción del profesional que sabe que la verdadera magia de la aventura radica en volver a casa a salvo.

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