Hay que pararse justo debajo, en medio de la 5.ª avenida Norte, para entenderlo. Los turistas buscan el ángulo perfecto con el volcán de Agua al fondo, un tuk-tuk pasa rozando la acera y el reloj marca la hora sobre todas las cabezas. Pero si uno levanta la mirada y se queda quieto un momento, el arco deja de ser postal y se vuelve pregunta: ¿por qué alguien construyó un puente sobre una calle tan angosta?
Un pasillo para no ser vistas
La respuesta está del otro lado de los muros. El convento de Santa Catalina Virgen y Mártir nació en 1609, cuando cuatro religiosas del convento de la Concepción recibieron licencia para fundarlo. La comunidad creció tanto que las monjas adquirieron solares al otro lado de la calle. Pidieron cerrarla para unir ambos terrenos, pero el ayuntamiento se negó. La solución, propuesta el 21 de agosto de 1693, fue un pasillo cerrado y elevado que saltara la calle por encima. La obra comenzó en diciembre y quedó concluida en junio de 1694, con una condición clara: no interrumpir el paso de los vecinos.
Así, las religiosas de clausura podían cruzar sin pisar la calle y sin que nadie las viera. Los estudios arqueológicos describen por dentro una rampa de subida, una plataforma y otra rampa de bajada, todo techado para protegerlas de la lluvia y de las miradas curiosas. La luz entraba por dos grandes ventanales que daban hacia los claustros, nunca hacia la calle. Tres años después de terminado el arco, el convento ya albergaba a 110 monjas.
El reloj que llegó de Francia
Lo que más fotografiamos hoy, la torrecilla con su reloj, no es colonial. En 1859, José Ignacio Irigoyen pidió permiso para instalar sobre el arco un reloj de dos carátulas traído de Europa, y en 1861 informó que ya funcionaba desde el 12 de abril. Todo apunta a que es el mismo mecanismo que sigue marcando la hora, obra de los relojeros Lamy y Lacroix, de Morez, en el Jura francés.
La torre, en cambio, se ha vuelto a levantar varias veces: la de 1861 fue sustituida en 1902; los terremotos de 1917 y 1918 la derribaron, y en 1919 se inauguró otra. La que vemos ahora, con columnas salomónicas y cúpula de azulejos amarillos y azules, fue diseñada por Rodolfo Galeotti Torres y quedó lista en octubre de 1947, después de que el arquitecto Rafael Pérez de León reforzara la estructura con dos grandes vigas de concreto. Curiosamente, el arco original había resistido sin grandes daños los terremotos de 1717, 1751 y 1773; lo que se deterioraba y caía, una y otra vez, era la torre.
Al menos veinticinco capas de historia
El secreto más sorprendente está en la piel del arco. Durante la restauración de 2017, los arqueólogos Alberto Garín y Osmín de la Maza examinaron la pintura capa por capa y registraron al menos veinticinco capas sucesivas, con dieciséis tonalidades distintas: blanco, añil, gris oscuro, celeste, rojo, café, verde, azul índigo y, al final, el amarillo. El acabado más antiguo era blanco, y el amarillo que hoy parece eterno es una incorporación reciente, lo que desmiente la idea de que fuera una tradición colonial.
En marzo de 2026, con autorización del Consejo Nacional para la Protección de La Antigua Guatemala, la municipalidad volvió a limpiar y pintar el arco antes de Semana Santa. Una capa más para una historia que se escribe en color.
Mirar con otros ojos
La próxima vez que camine por la 5.ª avenida, deténgase un minuto bajo el arco. Piense en las monjas que cruzaban en silencio sobre su cabeza, en el reloj que viajó desde Francia y en los colores que el arco ha vestido a lo largo de su historia. Antigua, Patrimonio Mundial desde 1979, tiene esa costumbre: esconder sus mejores historias justo donde todos miran.
Foto: Chad Davis / Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0 (recortada)

